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Clásicos en Colectivo. "Fahrenheit 451", de Ray Bradbury

  • 18 ago 2016
  • 3 Min. de lectura

Leer a Ray Bradbury no es para nada cómodo. No porque su forma de narrar sea simple o complicada, o porque el género de ciencia ficción tenga momentos más tensos que otros. No. Simplemente es incómodo porque al leerlo automáticamente nos invitará a hacer una reflexión sobre nosotros mismos, y más aún, sobre nuestro lugar dentro de la sociedad.

Un tiempo después de haber escrito esta novela, Bradbury confesó que se sentía desdichado, ya que eso que narraba como un futuro a larguísimo plazo (la primera edición fue en 1953), y que quizás él nunca vería, estaba pasando frente a sus propias narices. “Ví a un hombre y una mujer paseando un perro. La mujer llevaba en la mano un aparato de radio del tamaño de un paquete de cigarrillos, con una antena (…). Allí iba ella, ajena al hombre y al perro, prestando atención a vientos y suspiros lejanos, a gritos de melodrama, sonámbula, mientras el marido que podía no haber estado allí, la ayudaba a subir y bajar la acera”.

Bradbury -allá por los ´70- se escandalizaba por la distancia que había entre dos personas cercanas, cuando un medio de comunicación entraba en escena. La pregunta viene de cajón: ¿qué diría de nosotros Bradbury si nos viera con un teléfono pegado a la mano – bolsillo-cartera-bolso-oreja durante todo el día? ¿Qué diría si viera ahora mismo -como yo-, al entrar en un colectivo, que aquellos que andan solitarios se autosumergen en dispositivos electrónicos buscando ningún el menor contacto físico/visual con quienes tiene a su alrededor, o peor aún, que aquellos que van acompañados no hacen más que sonreírle a una pantalla en lugar de dialogar entre ellos?

Nunca lo sabremos.

Pero en “Fahrenheit 451” no hay celulares, ni dispositivos electrónicos ni wifi ni nada de eso, y sin embargo también hay una gran distancia entre las personas. Y más aún, entre las personas y sus propios sentimientos.

Guy Montag es el supervisor de los Bomberos de la ciudad. Supervisor y encargado de un cuartel que -curiosamente-, no apaga incendios, sino que los prende. Así es. Como las cosas y las casas son incombustibles, los bomberos sirven para generar llamas allí donde sea necesario eliminar lo que genere discordia, temor, confusión. Allí donde haya un libro.

El relato parece estúpido si lo decimos así. Pues no lo es. Sobre todo cuando nos damos cuenta que ese fuego es tan sólo un símbolo para demostrar cómo puede quemarse la creación, la inteligencia y las emociones de las personas en una sociedad.

Montag es un tipo que hace bien su trabajo. Ni bien suena la alarma que señala en el mapa la casa donde se encontraron libros, sube a la autobomba y hace arder el lugar. Sin embargo, un día, una niña se cruza en su camino. “¿Eres feliz?”, le pregunta, y el interrogante no sólo permanecerá en su cabeza para siempre, sino que torcerá su destino como nunca lo hubiera sospechado.

Bradbury se animó a reflexionar sobre la sociedad que él mismo habitaba hace décadas. Aún hoy podemos seguir haciendo análisis al respecto. Llevada al teatro y al cine, “Fahrenheit 451” es una historia sin fisuras, sin puntos flacos y con un despliegue de personajes contradictorios, que resulta necesario conocer.

Aunque -eso sí-, nos ponga incómodo al leerlo, estemos viajando en colectivo o sentados en el mejor de los sillones.


 
 
 

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