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  • 1 jun 2017
  • 2 Min. de lectura

Se cumple mañana un mes de la muerte de Abelardo Castillo, figura relevante de la literatura nacional del siglo XX. Se fue con 82 años, y una larga lista de historias en diferentes géneros, que lo retrataban como un argentino siempre interesado en sus personajes, idiosincracia, paisajes y acontecimientos. Para la ocasión, uno de los lectores de Babilonia, Roberto Pedrotti, de San Francisco, nos envía una semblanza, recordando a este gran hombre de las letras.

Mi primer contacto literario con Abelardo Castillo ocurrió hace muchos años cuando leí entre una colección de autores argentinos "El evangelio según Van Hutten". Siempre me entusiasma la familiaridad que crea el poder conocer el lugar donde el autor desarrolla su novela, en este caso, la localidad de "La Cumbrecita" -en nuestras sierras cordobesas- donde un viejo profesor descubre el refugio del arqueólogo Estanislao Van Hutten quien vive oculto, y este le revela el secreto que ocultan los famosos rollos del mar muerto y los esenios.

En aquel momento la ficción y la prosa fueron tan interesantes para mí, que me costó abandonar su lectura hasta el final.

Y así siguió siendo siempre con un autor prolífico como Abelardo Castillo, quien a un tiempo fue cuentista talentoso, maestro de literatura en su mítico taller con su alter ego, Liliana Heker, y del cual surgieron innumerables escritores a posteriori. También creador de revistas literarias memorables, fundamentalmente "El escarabajo de oro", bastión de resistencia durante la dictadura de Onganía y luego " El ornitorrinco" en la época de la dura represión.

Nada escapó a su aguda observación de la realidad y su talento literario. Cuento, poesía, obras de teatro y ensayo dan cuenta de su capacidad creativa, que sería demasiado atrevido y quizás extremadamente prolongado tratar de resumir su obra completa.

A modo de ejemplo, diremos solamente que en teatro su obra "Israfel" -nombre del arcángel que toca la trompeta el día del juicio final-, que consta de cuatro actos (o como acostumbraba a decir él en dos actos y dos tabernas) muestra su admiración y su piedad por Edgar Allan Poe, el nombrado "autor maldito" con su voluntad literaria legendaria y el contrasentido de rendirse al alcohol y las drogas.

Al comienzo de este comentario, relaté mi primer acercamiento al autor. Ahora, contaré el último. Hace poco tiempo cayó en mis manos el libro de ensayos "Las palabras y los días" donde lúcidamente analiza personajes e historias. Fundamentalmente me agradó y conmovió "La agonía sonora" que se refiere al gran Miguel de Unamuno, y su particular manera de analizar la metafísica y el episodio terrible durante la Guerra Civil española cuando fue humillado por el general Millán respondiéndole con toda su valentía y humanidad.

Finalmente digo que, como siempre, los escritores se alejan físicamente pero nos dejan la huella imperecedera de su calidad humana y literaria. Así fue con Abelardo Castillo.


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