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Claudia Piñeiro: "Los escritores somos observadores, estamos atentos a cosas que otros no ven&q

  • 18 ago 2017
  • 4 Min. de lectura

La escritora estuvo la semana pasada en Córdoba presentando su nueva novela “Las maldiciones”.

Hay quienes aceptan su maldición, hay quienes las combaten y hay quienes ni siquiera saben que cargan con una a cuestas. Esa es la reflexión con la que inicia “Las maldiciones”, la nueva novela de Claudia Piñeiro que estuvo presentando en Córdoba la semana pasada.

Allí, en esas primeras páginas la autora nos presenta a Román Sabaté, el protagonista (no el único). Él está en Retiro, con un niño. Es evidente que está huyendo. De pronto, el show de la política se adueña de la TV del bar en el que espera el colectivo. Y entonces nos encontramos con Fernando Rovira, otro protagonista (no el único).

Rompiendo con la cronología, Piñeiro vuelve a hacer gala de una narrativa que logra ahondar en mundos a los que describe con gran maestría y precisión. La política es el pilar que sostiene la trama de esta historia, tal vez otra de las grandes protagonistas (no la única).

¿A qué maldiciones hace referencia esta historia? ¿Cómo se teje el vínculo entre el poderoso y el sometido? ¿Cuánto de verdad y cuánto de ficción hay en el mundo político? Preguntas que hacen las veces de disparadores en un relato atrapante y actual que lleva la marca de una de las grandes escritoras argentinas.

En su visita a nuestra ciudad, Claudia Piñeiro habló con Babilonia Literaria sobre su nueva novela publicada recientemente por Alfaguara.

-¿Cómo surgió la idea de hacer una novela enmarcada en el mundo de la política?

-Yo siempre parto de una escena que sirve como disparador. Y en esta novela, la escena es la que transcurre en la playa. Allí se desarrolla un diálogo que plantea el tema del poder, ese juego de amo y esclavo. Alguien que tiene el poder trata de obligar al otro a hacer algo. Frente a esa escena, me empecé a preguntar en qué ámbito podía ocurrir algo así y pensé en la política, un universo en el que puede generarse esto del sometimiento.

-En “Las maldiciones” la política no es solo un escenario no decorativo de la trama, sino que cumple una función dramática en el texto.

- Aquí la política es un personaje, tiene entidad. De hecho es lo que permite plantear el juego del discurso literario versus el discurso político. Uno sabe que la novela es una ficción pero se tiende a creer eso que se está narrando es verdad. Esa es la magia de la literatura. Y paralelamente en la política, que se supone que es lo real, hay una tendencia a no creerle.

Lo más llamativo es que en la política es muy fácil descubrir la mentira. Si un funcionario sube en las redes una foto en la que simula estar haciendo un asado, posa, no está transpirado sino impecable, vos lo ves y te das cuenta que es mentira. Entonces te empezás a preguntar ¿para qué difundir esa mentira? Al fin de cuentas nadie elige a un político porque sabe hacer asado.

- ¿Te preguntan los lectores si te inspiraste en algún funcionario real? ¿O te dicen: este asesor es tal persona? Porque hay muchas coincidencias.

- En realidad ningún político quiere ser Rovira (jajaja)…. Pero si me han preguntado muchas veces si el asesor que está en la novela es Durán Barba. Y la verdad es que hay muchos asesores como Durán Barba, de hecho todos los políticos tienen asesores, así que podría ser cualquiera de ellos.

-En la novela ese mundo de la política está muy bien construido a través de detalles, discursos, personajes. ¿Cómo se logra esa capacidad de observación para luego trasladarlo a un texto literario y hacerlo creíble?

-En líneas generales los escritores somos observadores, estamos atentos a cosas que por ahí otros no ven: gestos mínimos, expresiones… Esos son los detalles que nos permiten construir a los personajes.

Por otra parte, los argentinos hablamos mucho de política. Vas a la verdulería y la gente habla de política, prendés la tele y hay programas de política. La política es un show y es algo sobre lo que nosotros, los argentinos, hablamos, opinamos, nos informamos. A su vez mi pareja es un político así que tampoco es un ámbito lejano a mí.

-En la novela también aparece el mundo editorial. Ahí también hay unos guiños geniales.

-Eso sirvió para ponerle un poco de humor a la novela. Porque este personaje del editor con el que se reúne La China, es un tipo que antes tenía todo un discurso a favor de la literatura bien escrita. Pero ahora, en su rol de editor, ha cambiado ese discurso y quiere literatura que venda.

Es una forma de mostrar que si bien en la política hay mucho marketing, también lo hay en el ámbito literario.

-Volviendo a la cuestión política, en la novela hay dos entrevistas que el personaje de La China (la periodista que está escribiendo un libro sobre la maldición de Alsina) les hace a Duhalde y a Alfonsín. ¿Esas entrevistas son reales?

-Sí, son entrevistas que yo les hice y a la que ellos accedieron siempre sabiendo que eran para esta novela. Fue un recurso interesante, mezclar los discursos de la realidad y la ficción.

-Otro tema interesante es de de la maldición de Alsina. Le imprime un componente mágico y visual muy fuerte a la novela.

-Sí. Yo conocía lo que la mayoría sobre la maldición, pero a medida que fui investigando encontré más elementos, más detalles, y la verdad es que es una anécdota maravillosa.

-En cuanto a lo narrativo, ¿buscaste también darle protagonismo a los personajes secundarios?

- Sí, en esta novela quise darle mayor peso a los personajes secundarios, algo que quizá no había hecho en mis libros anteriores. Aquí todos tienen su momento de fama, y el relato de cada uno de ellos le aporta a la historia.

-¿Cómo fue armar una estructura narrativa sin un orden cronológico?

-Yo la fui escribiendo de manera intercalada, porque además ya había escrito otras novelas sin el orden cronológico. Es como ir intercalando imágenes, como la escaleta de cine. Pero después en el proceso de edición les fui dando un orden distinto. Además fui acortando, agregando...

-¿Cuál fue el mayor desafío de escribir esta “Las maldiciones”?

-Esta es una historia que transita el límite entre la sátira y la parodia, pero que es verosímil. Entonces debía poner mucho cuidado en que fuera creíble. Más de una vez, ante determinadas escenas o situaciones, me preguntaba: ¿esto podría pasar? ¿Esto que estoy escribiendo es muy descabellado? Ese fue el mayor desafío.


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